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La bici es mi momento: Mariel Figueroa

La bici es mi momento: Mariel Figueroa
Mariel Figueroa con su bici, en Rosario. Cortesía: NewIndie.org

Redacción RuedaLa

Cortesía imagen: NewIndie.org

Cuando se mira por primera vez a Mariel Figueroa, es inevitable imaginar su largo, largo cabello negro levantándose por el viento mientras viaja en su bicicleta. Esta ingeniera industrial de 28 años vive en Rosario, pero ha viajado hasta Manizales, Colombia, como invitada especial del primer Foro Nacional de la Bicicleta. Su charla es muy esperada: compartirá la experiencia de Rosario en la implementación de un sistema de bicicletas públicas, pero antes de hacerlo dedica algunos minutos para hablar con RuedaLa de su vida, de sus pasiones y, por supuesto, de la bici.

Mariel apaga los dos celulares que siempre la acompañan y describe su bicicleta mientras mira hacia el cielo, como si la viera allí, entre las nubes: “es una bici… marrón. Tiene un canasto de mimbre y es… es muy linda; la esperé por mucho tiempo porque la armó un amigo que se tomaba todo el tiempo y el amor del mundo (no contemplaba mi ansiedad), yo la elegí parte por parte. Es muy rápida porque tiene todo finito, pero yo siempre voy a dos por hora, despacio, porque corro demasiado durante todo el día. En el trabajo me vuelan los pelos y la bici es mi momento de placer: veo todo, veo gestos, tengo otra percepción de lo que pasa en la calle… disfruto mucho yendo despacio: es mi momento, es mi único momento y hago que dure”.

Nació en el centro de Rosario, una ciudad grande, y de chica nunca se subió a una bicicleta (excepto cuando la llevaban al campo, donde se divertía en una con rueditas, en la que aprendió a montar). Sus viajes eran siempre en colectivo o en el auto familiar, hoy se sorprende al pensar que solamente hasta que inició en la Facultad concibió la bicicleta como un medio de transporte. Su historia con la bicicleta comenzó cuando su familia se mudó a un barrio alejado del centro: naturalmente, todos necesitaban el carro, y Mariel comenzó a darse cuenta de la dependencia que tenía de este medio de transporte. Con un tono de voz casi histérico, narra aquellos momentos “cuando estaba en el auto me metía en el medio de la ciudad y me quejaba, no me lo podía creer, cada vez me enojaba más… me dí cuenta de que era yo la que estaba provocando eso: yo era el problema del que tanto me quejaba y empecé a hacer algo para cambiarlo”.

Mientras recorría Rosario en bicicletas prestadas empezó a sentir que algo cambiaba en su interior, como si algún bicho la hubiera picado y no pudiera dejar de cuestionarse acerca de la movilidad: con los días, descubrió que su formación iba por un camino diferente al que ella quería recorrer, le costaba encontrar la forma de utilizar sus conocimientos en ese campo que cada vez cobraba mayor protagonismo en su vida.

Descubrió que no estaba sola. En la Facultad había algunos estudiantes que también estaban interesados en encontrar un escenario diferente para aplicar sus conocimientos. Con ellos podía hablar de los mismos temas que le apasionaban, y con el tiempo este grupo de amigos se convertiría en la ONG Soluciones Tecnológicas Sustentables –STS-, que formula y opera proyectos de movilidad.

En aquél momento Rosario pasaba por una polémica que daría a STS su primera misión. La ciudadanía había votado para priorizar, con presupuesto participativo, la construcción de la Ciclovía de Calle Salta; pero debido a conflictos de intereses con los comerciantes de la zona y a la lenta ejecución de la construcción, el proyecto se quedó detenido durante casi un año. Esta situación, como lo describe Mariel, se convirtió en una batalla política: “nosotros nos empezamos a involucrar en eso, salimos a defender la ciclovía como un grupo de ciudadanos, para entonces teníamos herramientas más sólidas. En parte se logró lo que queríamos, ese fue el punto inicial para demostrarme a mí misma que cuando uno quiere cambiar las cosas tiene que estar comprometido”. Para ella, la experiencia con la Ciclovía de Calle Salta fue el primer pedalazo en su vocación de trabajar por la bicicleta: le pareció todavía más importante fortalecer su formación, robustecer sus argumentos y aprender a transmitir su interés por una ciudad diferente.

Mariel se obsesionó con las bicicletas públicas, se sorprendía por haber tardado tanto en descubrir que podían hacer parte de la solución a los problemas de su Ciudad. Se postuló a una beca de investigación en Alemania, donde vivió y estudió durante ocho meses este tema, y cuando regresó a Rosario, en el 2012, tenía claro su sueño: que su ciudad contara con un sistema de bicicletas públicas.

Mientras trabajaba en un instituto de investigación, se enteró de que en el Ente de Movilidad de Rosario había una vacante en el área de planificación. Era su oportunidad. Se postuló y entró a hacer parte de esa Entidad. Para ella, fue un cambio tremendo: siempre había sido escéptica ante el gobierno, pero cuando empezó a trabajar en el sector público conoció a muchas personas interesantes y comprometidas: “descubrí que del dicho al hecho hay mucho trecho, a menudo es extremadamente difícil llevar a cabo las cosas, no por falta de voluntad, sino porque uno está encargado de un montón de proyectos, con todas las ganas de sacarlos adelante; pero siempre tenés que contemplar muchos actores y variables distintos”.

Reconoce que los funcionarios públicos deben estar muy capacitados, tener entusiasmo, ser pacientes y estratégicos, conocer detalladamente el ámbito público y garantizar la participación del ciudadano. Aunque esto hace que los procesos sean más lentos, asegura, también garantiza que se logre un mejor objetivo, del cual todos se apropien y por el cual luchen conjuntamente, convencidos de que es lo mejor para la Ciudad.

Esta filosofía de trabajo le permitió sacar adelante su sueño. Con la seguridad de quien conoce en detalle aquello de lo que habla, relata su experiencia en la Empresa Mixta de Transporte, donde trabaja actualmente en el diseño y operación del Sistema de Bicicletas Públicas de Rosario. Los asistentes al primer Foro Nacional de la Bicicleta escuchan atentamente mientras Mariel asegura que no hay que esperar que los gobiernos hagan todo, resaltando el papel fundamental de los ciudadanos en la construcción de espacios más cicleables. Termina su intervención con una nota nostálgica: “no veo la hora de volver a Rosario, para mirar cómo van las bicicletas”.

Su paso por los sectores académico, civil, público y ahora el privado; le permiten hablar de la bicicleta con propiedad y desde múltiples perspectivas. Ante todo, considera que la mejor forma de conocer del tema es rodando por la ciudad: saber por dónde moverse, cuáles son las necesidades de los ciclistas y cuáles son los intereses de los ciudadanos. Finalmente, reitera fervientemente la importancia de la pasión: está convencida de que esta es la principal herramienta para concientizar a los demás del papel de la bici en las ciudades del futuro. Piensa que las perspectivas de la bicicleta en Latinoamérica son positivas: “vamos hacia el futuro en bici: lento, pero disfrutándolo mucho… creo que vamos a llegar definitivamente a tener ciudades más amigables para la bicicleta, porque ya está sucediendo y porque es un ciclo natural”.

Para Mariel, la bici es un símbolo de felicidad, viajando en ella descubrió que sus conocimientos y su formación sí tenían cabida en el mundo de sus pasiones. “Es imposible que una persona que va en bici esté enojada, furiosa, porque el aire se lleva los problemas. Cuando voy en carro no puedo dejar los problemas afuera, pero con la bicicleta sí… te permite apreciar las cosas de otra manera. Le digo a la gente que pruebe la bici, que pruebe la sensación indescriptible que es poder vivir el viaje de otra manera ¡Es inexplicable, lo tenés que sentir! Eso es la cultura de la bicicleta, una percepción diferente de la vida en el espacio público, que no se puede tener desde otro lugar”.